El cigarro de Gibbons

Nostalgia, melancolía, algo así. Esta foto, probablemente un fotograma, esconde una sensación de desconsuelo que me ha costado años esclarecer. Cada tanto me la encuentro rebuscando entre mis archivos (la tengo repetida en varias carpetas). Cuando eso pasa me detengo en ella, la contemplo un rato. Lo único claro es que siento una nostalgia indócil. Miro sus detalles, no hay muchos. Aun así persisto, intento hallar el objeto perdido que justifica ese regusto de morriña. Podría ser la juventud desvanecida, pero yo qué sé, eso me podría pasar con cualquier cosa.

Por otra parte, hay muchas cosas que puedo decir sobre Portishead. Por lo pronto, recuerdo bien la ocasión de la foto. Aunque no es necesario recordarlo porque está en you tube multiplicado por ciento. Pero aun si así no fuera, recuerdo con cierta precisión a Geoff Barrow y  Adrian Utley más toda una filarmónica tocando en el Roseland Ballroom de NYC, y por sobre todo recuerdo a Beth Gibbons prendida del micrófono, desplegando su voz a la vez dramática y dulzarrona, si cabe, como la de Billie Holliday, su símil más evidente, pero con un sonido totalmente nuevo entonces, y que sigue siendo novedoso ahora, porque antes nada se le parecía, y después nada volvió a sonar así. Ni siquiera ellos mismos, que sólo lanzaron tres discos, cuando los consideraron únicos y perfectos.

La vida está llena de repeticiones, acontecimientos minúsculos que no guardamos, que nunca serán recuerdo, porque no contienen nada significativo, así que los dejamos ir. Pocas veces nos cruzamos con objetos precisos que nos introducen en un mundo nuevo. Diría sin temor a equivocarme que este es uno. Sé cómo y dónde supe por primera vez de Portishead. Fue en Nuremberg, en casa de Katja Graetzel. Ella misma pudo ser también un mundo nuevo para mí, pero las cosas con ella no llegaron a tanto. O no directamente. Nos habíamos conocido en una aldea de Malawi. Un día cualquiera echados al sol me comenta algo, despreocupada, como si continuara una conversación que hubiéramos tenido más temprano. Dice: “Un tío mío ‘también’ hace cine. Si un día vas a Alemania te lo puedo presentar.” Yo no hacía cine, sólo lo estudiaba, y había dejado mi carrera congelada para irme al África. Por cierto, sí fui a Alemania, tiempo después, pero su tío andaba en algún lugar del mundo, lejos de allí, y no pude conocerlo. En cambio, Katja me hizo escuchar por primera vez “Dummy”, el álbum debut de Portishead. Por entonces yo no sabía nada de la movida electrónica europea. Tampoco había estado nunca en Europa, Nuremberg era de hecho la primera ciudad que visitaba, pues acababa de aterrizar esa tarde en Frankfurt, apenas unas horas antes, proveniente de Nueva Delhi.

La vida está llena de repeticiones, acontecimientos minúsculos que no guardamos, que nunca serán recuerdo, porque no contienen nada significativo, así que los dejamos ir.

 

Eran tiempos de cassette, así que mis recuerdos son cronológicos. “Mysterons”, la primera canción del álbum, me voló la cabeza. Esas cosas no se olvidan. La espoleta venía ya al inicio, un crujido con efecto beat, y luego la aparición del theremín, un instrumento que yo asociaba al mickey mouseing y las películas de terror, y la batería redoblante, la guitarra reverberada, la atmósfera espectral te erizaba la piel, te cubría con un manto de melancolía retro. La música que brotaba del parlante era el retrato de una tristeza contenida, emocional, profunda, tan distinta de la rabiosa angustia grunge de Nirvana que yo solía, y aún suelo, escuchar, aunque igual de impostada. Era invierno en Baviera, afuera nevaba, y ese sonido imprimió una marca de agua en mis primeros tiempos en Europa, como el aire frío, o como el cielo encapotado, siempre, desde Nuremberg a Gasteiz.

La foto de Beth Gibbons me transporta a Portishead, a alguna conversación de bar quizás, pero desprovista del sonido no me conduce a ninguna otra imagen, ni sentimiento, encalla ahí. Sin embargo, hace poco entendí que lo que me causa nostalgia en esta foto, no es Portishead ni aquella tarde en Nuremberg ni Gibbons si no su cigarro encendido. Es el humo, vicioso y contaminante que se esparce impune sobre el escenario, durante un concierto, en medio de una grabación. No se trata de una transgresión, hablamos de Beth no de Ozzy mordiendo pajaritos. Por el contrario, Beth hace allí lo que haría la mayoría si en lugar de estar entre el público estuviera sobre el escenario.

Yo fumaba y ya no fumo, y esto no es una apología del tabaco. Entiendo que fumar en sitios cerrados me daba un placer que para otros era un suplicio. Pero extraño terriblemente la desregulación de aquella época. En realidad, Beth fuma porque se puede, porque aunque nada se lo manda, nada se lo prohíbe. Y eso es. No había normas para todo, y cuando las había, solían ser más laxas, contemplar excepciones y, sobre todo, el público, la gente, tenía menos vocación fiscal. En el avión, sin ir más lejos, se permitían cuarenta kilos de equipaje, pero aquella vez yo había llegado a Alemania con una mochila de cuarenta litros y dos grandes bolsos repletos con artesanías y ropa de la India y Nepal, que pensaba vender en los Weihnachtmarkt de Múnich para financiar mi vida en Europa.

Lo mismo para el humo de tabaco, flotaba libremente porque en aquel tiempo no nos alumbraba todavía la hiper conciencia higienista que nos acalambra ahora, ni cargábamos un teléfono con acceso a información contradictoria y profusa, que nos conectara directamente, y a partes más o menos iguales, con los estúpidos y con los avisados, desplegados en tandas de cientos de videos que nos advirtieran sobre la composición nociva de lo que comemos, de lo que tomamos, de lo que sentimos y de lo que hacemos y dejamos de hacer. De que la vida, en fin, es mortal. Teníamos menos libertad sexual, pero también menos etiquetas y menos dudas. La búsqueda era más simple, aunque estuviera llena de fracasos. La vida estaba hecha para gastarse, confección al talle de su imperfección.

El siglo XX fue el tiempo de las grandes guerras, y un poco por lo mismo, fue una época de desestructuración. Llegado el posmodernismo se aligeraron las costumbres y se comenzó a celebrar lo espontaneo por sobre lo intelectual. Lo que ha seguido, por el contrario, es un mundo globalizado. progresista en boca pero rígido y normativo a fin de cuentas, lo mismo complejo y diverso, que lleno de planificación. Frente a la aspereza de la realidad, en lugar de comprensión, se opta por el enmoldado. Ley Gabriela, Ley Emilia, Ley Zamudio, Ley Ricarte Soto, Ley Karin, Ley Juan Barrios, Ley Nain Retamal y hasta Ley Cholito. En Chile, detrás de un cadáver siempre viene un proyecto de ley. Y digo Chile pero podría ser otro país. Son los tiempos, no el lugar. En general, nuestra respuesta frente a la acritud de la vida es intentar regularla, hacerla predecible, ponerla bajo control. Establecemos protocolos para el amor, la atracción, las relaciones laborales, el placer, intentando forzarnos a pasar por esta vida como seres inocuo. Y sin embargo, nunca hemos estado más cerca del caos, de la irrealidad, de la legitimación del sectarismo y de la supresión del otro.

Siento nostalgia del mundo de la foto, ese que echa humos en la sala llena, que tira servilletas en el suelo de los bares, que también tiene reglas, respetadas pero falibles, sin VAR, ni repeticiones ni vistas previas, un mundo en el que sabías adonde ibas pero no adónde llegarías, en el que aterrizabas en un país ajeno desconociendo la fachada del sitio donde dormirías o la sonrisa del casero, del que para colmo no había evaluaciones ni estrellitas ni testimonios que pudieran orientarte y hacerte sentir a salvo. Echo de menos el temor al extravío, tan necesario para la alegría del encuentro. Las cosas podían salir mal, y a veces ser fatales, porque este mundo del que hablo podía ser un infierno, sin señal, GPS o celular, un sitio angustioso y tan impredecible que un estudiante de cine de un lejano país se podía encontrar una tarde tumbado al sol en una aldea africana junto a una chica alemana que le propone, si se da la ocasión, presentarle a su tío, ese que también hace cine y que unos años antes ha filmado una película llamada “Paris, Texas”.

 

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