Años 90’s: del fin de la Historia al comienzo de la historieta

No sé cómo sonará hoy, pero en los 90’ era difícil ponerse trágicos sin sonar a tonto grave. No quiero decir que fueran tiempos frívolos, pero mirabas al futuro y te devolvía luz, sentías que el mundo era un campo abierto en vías de mejora, en el que habría un camino para cada uno de nosotros. El posmodernismo con su fardo hedonista lograba imponer finalmente la noción de que el sentido último de las cosas es intrascendente, y en consecuencia los códigos sociales se hicieron menos rígidos, la religión se equiparó a las dinámicas de autoconocimiento, ahora Dios estaba dentro de nosotros, para llegar a él no era necesario seguir una doctrina ni observar sólo debíamos conocernos y aceptarnos para llegar al fondo de nuestra propia verdad. Por entonces no te olías la nube de toxinas que esto traería consigo, te dejabas llevar por el desahogo que deba la relajación de las reglas y su validez relativa. También en el mundo del trabajo, aunque las oficinas se transformaban en un enjambre de cubículos despersonalizados, uno sólo veía la flexibilización de funciones y la libertad del trabajo a tiempo parcial.

 Se trataba de una época optimista, novedosa, que rompía el círculo viejo de la Guerra Fría. Persistían muchas atrocidades, en los Balcanes, en Ruanda, Burundi o Afganistán, pero la corriente principal iba por otro lado. Fukuyama hablaba sobre el fin de la Historia, un momento de resolución de conflicto en que las grandes vertientes del desarrollo universal se encontraban y la dialéctica histórica tocaba a su fin. En televisión los análisis sesudos y las voces engoladas empezaban a perder terreno y hasta el arte más impenetrable se empezó a dirigir a un observador poco versado, precario, pop. En Chile la Dictadura era sucedida por una democracia, imperfecta, incompleta, pero llena de promesas accesibles. Si en los 80’ Los Prisioneros pateaban piedras, en los 90’ Jorge González tenía una casa en el árbol.

En este mundo unipolar el mayor reto será mantener la vitalidad cultural y espiritual en un mundo donde las aspiraciones materiales han sido en gran medida satisfechas

El ánimo democratizador se esparcía por otro lado generosamente, sustituyendo antiguos regímenes autoritarios, en países de Europa Oriental, pero también en casi toda Latinoamérica, y en sitios como Vietnam o Camboya. En Sudáfrica se acababa el apartheid, Mandela levantaba la copa del mundo en el Ellis Park y François Pienaar la dedicaba a todos los sudafricanos sin distinción de razas. Namibia lograba su independencia, Kenneth Kaunda dejaba pacíficamente el poder en Zambia, Mobutu era expulsado de Zaire, Bobby Mugabe aún no se convertía en el déspota populista que llegaría a ser y Zimbabwe era aún un gran exportador de alimentos, mientras en Mozambique se firmaba la paz después de casi veinte años de guerra civil y se llamaba por fin a elecciones. El deshielo político producía efectos benefactores en todas partes, la palabra mágica era apertura y esto hizo que hasta los más combativos remojaran su pólvora. Por estos años el triunfo de la democracia liberal es total, o eso parece, o como sea lo que se avizora es un futuro de prosperidad y fronteras abiertas.

Pero en este mundo unipolar el mayor reto será mantener la vitalidad cultural y espiritual en un mundo donde las aspiraciones materiales han sido en gran medida satisfechas. Los tradicionalistas se desvanecen, el ethos conservador no tiene forma de relacionarse con las nuevas corrientes movilizadoras, más próximas a la derecha liberal y mercantil. En un sentido inverso, en la izquierda del espectro político se produce una gran desafección de masas, las ideas revolucionarias y la  rebeldía juvenil de toda una generación, fueron sustituidas de golpe por el consumo de sustitutos culturales, que explotan el espíritu contestatario, al tiempo que lo banalizan, transformándolo en un producto más para consumo de masa. El punk de Green Day, o la marginalidad de los grandes raperos, que triunfan con canciones que critican un sistema del que acaban formando parte. Como observa Mark Fisher, el anticapitalismo transforma diversas formas de resistencia en un modo de reafirmación capitalista, siguiendo una especie de lógica dual, que posibilita que las contradicciones no entren en conflicto, al punto que hoy está perfectamente normalizado que los músicos contestatarios se forren.

Tampoco generó controversia en su tiempo que la depresión se hubiera convertido en un producto de mercado. El Grunge, la marca cultural de los 90’, simula una rebeldía más estética que moral, un desahogo adolescente cuya carraspera desgarrada era más la expresión de un vacío que una propuesta para llenarlo. La angustia existencial de Cobain acabaría deformada por el éxito, convirtiéndola en otro producto destinado al consumo de masas. Los cachorros doloridos de entonces, que carecíamos del impulso vital de una verdadera causa con sentido de trascendencia, por lo menos contamos con una banda sonora que matizara nuestro hedonismo en estado crepuscular.

Un botón de muestra: “Black Hole Sun,” el mayor hit de Soundgarden. Se trata de una canción sombría, que describe un sentimiento de vacío emocional y una desconexión con el mundo, haciendo referencias a serpientes, al hedor del verano y a la nostalgia por una autenticidad humana ya perdida. Como solía ocurrir en la música grunge, la canción tiene fuerza y un sonido original, huele a desperdicio y suda rock, habla de destrucción y un estado de cosas aberrante que se vería luego ilustrado en un imaginativo videoclip, que aludía a una purga espiritual, mostrando un agujero negro que barría con las sonrisas fuleras de un pueblo serafín. La sugerente melancolía de “Black Hole Sun”, llena de metáforas ambiguas, ayudarían a relacionar el sonido grunge con la depresión y la angustia, pero la verdad es que su concepción fue mucho más profana. Como reconocería su autor Chris Cornell en una entrevista, la letra había surgido “de algo que dijo un presentador de noticias en la televisión y que yo escuché mal. El tipo decía ‘bla, bla, bla, agujero negro, sol, bla, bla, bla’. Pensé que sería un título de canción increíble, pero ¿cómo sonaría? Todo se unió, casi todo el arreglo, incluido el solo de guitarra que se toca debajo del riff.» Se trata de una canción poderosa, que transmite aún hoy sensaciones profundas, y que llenó en su momento el espectro musical de implicancias filosóficas. Con todo, aun cuando Chris Cornell expresaba en ella algunos pensamientos sinceros, estos no provenían de un sufrimiento insoportable y Cornell no estaba pidiendo ayuda a la manera de Kurt Cobain, quien por su parte era perfectamente consciente del valor comercial de su calvario, lo que ejercía sobre él a un tiempo atracción y repudio, conflicto que acabó metiéndolo en un laberinto del que jamás iba a salir.

Los suicidios pueden ser atroces, pero son parte del negocio. Nada vende más discos que un músico recién muerto. Y en el imaginario de los 90’ la muerte se sitúa en zona pop, la violencia y el cinismo aparecen estetizados, los gánsteres tienen onda, asesinan mientras discuten sobre el condimento de las hamburguesas, o te hacen un bailoteo bailoteo juguetón antes de cortarte las orejas. Cerrando la década, la canción de Fastball “The way,” muestra una visión lúdica de la vejez, muy acorde a la época, contando la historia de un matrimonio de veteranos que deja atrás la que fue su vida y emprende un viaje secreto y sin destino. Cuando el auto se descompone continúan a pie, andando por un camino pavimentado en oro, sin parar, riendo y conversando de las cosas que ahora importan, que son las que siempre debieron importar, y aunque se entiende que están muertos, son felices porque they’ll never get hungry, they’ll never get old and gray!”

Thelma y Louise es una canción de Fito Páez con mucha caña. Pero antes, no mucho antes, fue una película de liberación femenina. Dos mujeres insatisfechas con sus vidas salen de fin de semana, pero las cosas se tuercen con un fatídico asesinato; el viaje se transforma en huida durante la cual acumulan aventuras que las perturban pero también las vivifican. La policía las persigue hasta que se ven acorraladas entre sus persecutores y el Gran Cañón. Ellas eligen el precipicio. Es un suicidio, pero a la manera de los 90’. Es emocionante, es místico, sugiere la liberación total de los personajes. Louise acelera el descapotado Thunderbird, y junto a Thelma saltan hacia el despeñadero pero la imagen se detiene en el vacío. La tragedia queda suspendida.

Let’s all meet up in the year 2000, cantaba Pulp en 1995:

Encontrémonos en el año 2000, cuando todos seamos completamente adultos, y las cosas se vuelvan extrañas.

En efecto, en 2001 caerían las Torres Gemelas, y el mundo empezaría otra vez.

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