
Redes sociales: pesca de arrastre
Oswald Spengler sostenía que la Civilización Occidental avanzaba hacia una fase terminal, un estado de pre-extinción que, según su análisis, alcanzaría su punto crítico alrededor del año 2000. Este declive no sería casual ni reversible, sino el desenlace natural de un ciclo vital que todas las civilizaciones experimentan. En este contexto, preveía la emergencia de un cesarismo autoritario como la única respuesta capaz de garantizar un mínimo de orden social y evitar un caos absoluto.
Spengler no creía en el “factor inconsciente” de la Historia, ni en el impulso de “una corriente subterránea de pensamiento,” sino que creía que unos pocos arrastraban siempre a la muchedumbre a reafirmar su tradición o a experimentar nuevos valores.
Spengler nació en 1880, murió en 1936 y, naturalmente, no conocía las redes sociales.
Ya en el nuevo milenio, Mark Fisher publica “Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?” en 2009, denunciando la deshumanización de la sociedad por la mercantilización de las relaciones y la gerencialización de la política. Creía también, en involuntario alineamiento con Spengler, que la descentralización del poder bajo el capitalismo neoliberal es en gran medida una ilusión, y que por el contrario las jerarquías tradicionales se han vuelto menos visibles, pero que las estructuras de poder siguen operando de manera efectiva. La diferencia es que ahora estas estructuras se presentan como naturales e inevitables, en lugar de construcciones humanas que pueden ser desafiadas.
las redes tienden a promover información falsa no porque sea su objetivo, sino porque la verdad suele ser aburrida.
Año 2009: Facebook implementa su botón “me gusta.” Poco después: Twitter estrena su botón “retuitear,” que permite replicar una publicación sin necesidad de ser leída. Más tarde, esta acción sería el estándar en Facebook y en todas las redes sociales. Replicar se convierte en un acto irreflexivo, se copia, se pega, se espera alguna reacción (likes, comentarios), luego se olvida. Produce en el usuario un efecto lúdico, pero se trata de un juego lleno de implicancias y consecuencias que en el estrecho margen de la acción individual nadie puede valorar.
En febrero de 2012, Facebook se preparaba para salir a bolsa y Mark Zuckerberg expuso sus planes a los inversores, señalando que “nuestra sociedad ha llegado a otro punto de inflexión,” y que Facebook esperaba «rehacer la forma en que las personas difunden y consumen información,» dándoles «el poder de compartir.» El tono optimista de Zuckerberg se debía a que en 2011, un año antes, se produjo la “Primavera Árabe,” que representó un triunfo de las redes, que desafiaban así a los regímenes autoritarios.
Pero todo empezó a cambiar desde entonces. El botón “me gusta” hizo posible que Facebook empezara a recolectar información de calidad y en cantidad inéditas, lo que le permitió desarrollar algoritmos eficaces que identificaran contenido con mayor probabilidad de lograr “me gusta.” Según investigaciones posteriores, citadas por Jonathan Haidt en una columna, las publicaciones que desencadenan emociones, especialmente la ira hacia los grupos externos, son las que tienen más probabilidades de ser compartidas. Años después en una entrevista, Chris Wetherell, uno de los creadores del botón de “retuitear”, manifestaría su arrepentimiento por haber inventado lo que ahora le parecía “un arma cargada puesta en manos de niños de 4 años.”
En el documental de Netflix “El dilema de las redes sociales” numerosos ex empleados de Silicon Valley denuncian el modo en que las redes y el sesgo en internet están enajenando nuestra percepción de la realidad. Las redes compiten por nuestra atención, lo hacen intentando provocar en nosotros emociones que nos mantengan enganchados, sin darnos pausa, mientras más tiempo permanecemos conectados más datos recopilan los algoritmos sobre nosotros, y esto nos hace un mejor producto de venta. Según Sandy Parakilas, ex Facebook y ex Uber, las redes tienden a promover información falsa no porque sea su objetivo, sino porque la verdad suele ser aburrida.
“Si no pagas por el producto, es porque tú eres el producto,” reza la frase que, aunque manida, expone una realidad profunda. En 2016 Cambridge Analytica se congratula públicamente por haber influido en la primera elección de Donald Trump, gracias a la recolección precisa de data de usuarios votantes, lo que les permitió elaborar un psicograma personalizado de los potenciales votantes y manipularlos en consecuencia.
La auténtica revolución de nuestro tiempo, si algo ha cambiado dramáticamente en el mundo, no son nuevas ideologías ni religiones, sino la forma en que compartimos información. Suena anecdótico pero es sustantivo. Toda forma de sociedad, aun la más tribal y primitiva, ha sido posible en la medida en que sus miembros son capaces de compartir sus experiencias, conocimientos y sentimientos. Mientras más rico sea el intercambio de información, mayor será la evolución material y espiritual de una sociedad, pues esto significa que sus miembros son capaces de transmitir de manera eficiente ideas más complejas, analizar el conocimiento adquirido y producir nuevo. De hecho, la Civilización Occidental explota con la imprenta, los libros esparcen el conocimiento técnico, la espiritualidad evoluciona desde la mitología y la fe hacia el escepticismo, las historias escritas a partir de entonces cuestionan el alma humana, conduciendo el relato hacia preguntas cada vez más complejas, que reflejan con mayor precisión la contradicción de la condición humana.
Por otra parte, toda sociedad, toda comunidad precisa de cierta cohesión, de códigos, usos y costumbres en común. La redes sociales operan justamente en sentido contrario. Crean un ecosistema de distracción constante, provocando una saturación de contenido irrelevante. Las redes están llenas de entretenimiento vacío, chismes de celebridades, escándalos artificiales y desafíos virales que mantienen a la gente siempre distraída en un estado de permanente bobera. El público se ha vuelto adicto a las recompensas rápidas y superficiales, en una búsqueda interminable de dopamina, es decir, de likes, videos cortos, contenido fácil de consumir,
reels diseñados para captar la atención en pocos segundos sin requerir análisis o reflexión. Todo esto incentiva la polarización y la indignación, incluso sobre temas triviales. En un post un usuario enojado denuncia al ciclista que transita por la vereda, a la mujer que no deja entrar a la playa, la música alta de unos vecinos desagradables, todos son odiados intensamente por una multitud que ni conoce a los personajes del post ni sufre el problema que ahí se expone, por un público adicto, bien predispuesto a la emociones intensas. Todo esto desvía la atención de problemas estructurales y banaliza la discusión pública hasta hacerla irrelevante.
Las redes sociales polarizan creando entornos en los que las personas sólo reciben información que refuerza sus creencias, sin cuestionarlas. Un usuario que cree en teorías conspirativas solo recibe contenido que refuerza esas teorías, sin exposición a argumentos en contra. Además, las redes promueven la emocionalidad sobre la racionalidad, con narrativas que apelan a los sentimientos más que a los hechos, porque la gente reacciona más a lo que les impacta emocionalmente.
Los palos y los tomatazos
Comparado con el cambio que operan en nosotros las redes sociales, la deshumanización que acusa Fisher es insignificante. El mercantilismo, al fin y al cabo sigue un criterio humano de ambición, la vieja historia del individuo que persigue su propio interés. Por el contrario, las redes sociales siguen una lógica algorítmica que escapa por completo a las patrones de comportamiento humano. Los algoritmos priorizan contenido similar a lo que un usuario ha consumido antes, reforzando creencias y dificultando la exposición a opiniones diversas. Esto se llama bucles de información que tienden a reforzar divisiones sociales y políticas, haciendo que los usuarios solo vean contenido con el que ya están de acuerdo. Más que satisfacer el interés de los usuarios por temas específicos, los parámetros con que se favorecen unas publicaciones por sobre otras son el nivel de provocación. Las redes seducen con el anzuelo de la indignación, y lo hacen sin que nos demos cuenta, con la soltura de los mafiosos que matan no porque les guste, sino porque no les importa hacerlo. Todo esto afecta la cohesión social, eliminar el sentido de comunidad real, fomentando relaciones superficiales en redes sociales en lugar de lazos sociales fuertes en la vida real, inundan el espacio con información falsa o contradictoria, generando a una velocidad inatajable tantas versiones de la realidad que la gente ya no sabe qué creer, ni tiene posibilidades de verificar las fuentes, que de todas formas y por lo mismo se han vuelto irrelevantes, de manera tal que, las historias han cedido su lugar a la historieta, como forma accesible de información.
Existe tu verdad y su verdad, y la mía y la nuestra, pero si nos dicen que el veneno está en el vaso azul, es bueno que todos entendamos por azul lo mismo
La historieta, aunque poderosa y directa en su impacto, se enfoca en transmitir emociones y eventos rápidamente, sacrificando la profundidad psicológica y la complejidad estructural a favor de la claridad y la interacción visual. En contraste, las historias clásicas buscan explorar las complejidades de la condición humana, ofreciendo narrativas más extensas, profundas y reflexivas, sumergiendo al lector en un mundo rico y multidimensional que la historieta, por su naturaleza, solo puede sugerir.
Ha sido un cambio brusco, dramático, que aceptamos porque no lo comprendemos y seguimos juzgando nuestro entorno en términos analógicos. Cual zombis, nos dejamos llevar creyendo que seguimos nuestro instinto justiciero, cuando en realidad obedecemos a estímulos determinados por una lógica robótica y vírica que nos empuja a un extremo binario, revolviendo incesantemente nuestras vísceras. Y frente a esto, el poder de la acción política es limitado. Frente al vértigo digital, la estabilidad, esa gran promesa de la democracia, parece una motivación opaca, una perspectiva tediosa.
Los políticos, en suma, no pueden ofrecer estabilidad, pero tampoco pueden ofrecer cambio, porque si hay algo claro es que la política ya no manda, solo hay líderes de circunstancia, incapaces de moldear con ideas propias una opinión pública casi siempre excesiva, impaciente y caótica. Desde la explosión de las redes sociales, se hace cada vez más difícil mantener la estima ciudadana. Todavía hay grandes voces que dirigen, pero siempre desde la oposición, porque el ejercicio del poder arruina la belleza de los héroes. Ya pasó la época de las ovaciones y la gloria, estos son los tiempos del circo pobre, de los payasos tristes. Ya no se trata de cambiar el mundo, sino de completar la función, esquivando los palos y los tomatazos.
Tampoco es tiempo para pensamientos trascendentes ni discursos pomposos, más bien se trata de encontrar la frase corta, la idea pequeña pero picante, que transformada en hashtag genere tendencia. Divulgar ideas con artes dudosas no es nuevo, pero lo que parece realmente temible del hashtag es su orfandad, su carga sin contexto, su inspiración de origen adulterada por la repetición automática, que es también su propósito y destino. Es un arma bastarda que carece de historia, un molde estrecho, efectivo, sin ángel. No es el puñal que se hunde pavorosamente en la carne viva, es la bomba de racimo que multiplica la muerte. Posibilita la funa o escrache, promueve el castigo sin juicio, a demanda del odio bochinchero, que una vez necesitó razones y luego se volvió autosustentable, alimentado por la ignorancia atrevida y por una irritación desfondada que reclama justicia pero desprecia el equilibrio, pregona la diversidad pero detesta la disidencia. Un hashtag es un virus que se inocula en el cuerpo social en forma de idea fuerza, de eslogan simplificador. No es la resulta de una experiencia vital, porque eso sería arte, sino que apela al talento publicista para manipular las percepciones, de manera que uno se sienta lúcido cuando más idiota se comporta. Un hashtag es un retruécano que produce un efecto de verdad revelada, pero es solo un teléfono descompuesto, una voz que se responde a sí misma, una arenga para convencidos, un grito de guerra en medio de una lucha llena de paradojas y engendros raros, como esa especie de colectivismo individualista, irascible, intransigente, que exige derechos pero desconoce deberes, que no admite negociación ni medias tintas, porque la tolerancia se ha vuelto un atributo un poco facho. Esta es la era de los algoritmos, de la programación remota, de los bufones y los conspiracionistas, de los grafómanos y de los emboscados, que nunca escriben con su nombre ni apuestan con su dinero. Aquí mandan los fantasmas, que nunca tendrán que cerrar el círculo y por eso prometen con descaro a cada quien el pan que le quepa en su hambre.
Y vale, existe tu verdad y su verdad, y la mía y la nuestra, pero si nos dicen que el veneno está en el vaso azul, es bueno que todos entendamos por azul lo mismo.

