El conflicto es el corazón de toda historia. Por conflicto no me refiero a disputas ni guerras, sino al desequilibrio en una situación inicial de estabilidad. Cuando esto sucede en la vida de una persona (o personaje), lo natural será que busque restablecer el equilibrio perdido haciendo frente a la adversidad y a sus antagonistas. Desequilibrio tiene una connotación negativa, solemos pensar que no queremos problemas, cuando en realidad una vida sin problemas es una vida que no nos desafía ni nos compromete, la paz permanente es tediosa y vacía, cuando se vuelve rutina lo bueno deja de emocionarnos. El bienestar que nos viene dado y que nunca hemos visto peligrar, nos hace sentir desafección, si siempre hemos vivido en una ciudad limpia y no conocemos otra cosa, simplemente asumimos que esa higiene urbana es parte de un estado de cosas inalterable y por lo tanto su continuidad no nos involucra. Por otro lado, sin el desequilibrio que la adversidad supone en nuestras vidas, no hay razones para evolucionar, pues si no tienes un problema tampoco puedes aspirar a su solución. Podemos ser protagonistas o podemos ser espectadores, pero el grado de interés que nos despierte una historia estará siempre relacionado con la intensidad del conflicto que se nos presente.Cuando esto sucede en la vida de una persona (o personaje), lo natural será que busque restablecer el equilibrio perdido haciendo frente a la adversidad y a sus antagonistas. Desequilibrio tiene una connotación negativa, solemos pensar que no queremos problemas, cuando en realidad una vida sin problemas es una vida que no nos desafía ni nos compromete, la paz permanente es tediosa y vacía, cuando se vuelve rutina lo bueno deja de emocionarnos. El bienestar que nos viene dado y que nunca hemos visto peligrar, nos hace sentir desafección, si siempre hemos vivido en una ciudad limpia y no conocemos otra cosa, simplemente asumimos que esa higiene urbana es parte de un estado de cosas inalterable y por lo tanto su continuidad no nos involucra. Por otro lado, sin el desequilibrio que la adversidad supone en nuestras vidas, no hay razones para evolucionar, pues si no tienes un problema tampoco puedes aspirar a su solución. Podemos ser protagonistas o podemos ser espectadores, pero el grado de interés que nos despierte una historia estará siempre relacionado con la intensidad del conflicto que se nos presente.
Una vida sin problemas es una vida que no nos desafía ni nos compromete, la paz permanente es tediosa y vacía, cuando se vuelve rutina lo bueno deja de emocionarnos
En una historia, esto se traduce en el nivel de interés que genera. Podemos ser protagonistas, luchando por resolver el conflicto, o espectadores, observando y juzgando a los personajes y sus actos desde, por decirlo así, la comodidad de nuestra butaca. Pero en ambos casos, lo que nos atrapa es la intensidad del desafío que se presenta. A mayor conflicto, mayor compromiso emocional. Lo que realmente mantiene viva una historia es la lucha del personaje por restablecer el equilibrio perdido, porque en el fondo, eso es lo que da sentido a cualquier relato… y a la vida misma.
Para explicarlo imaginemos que Pedro ha quedado con Ana, una amiga a quien ve seguido, para tomar un café. Si sale de su casa, llega al lugar de la cita y Ana lo está esperando, no pasa nada, se toman el café, conversan de cualquier cosa y se van. Es probable que, salvo por un par de selfies subidas al insta, ninguno de los dos recuerde la cita al cabo de un mes.
La misma situación, pero ahora Pedro sale de su casa y cuando llega donde Ana le cuenta que a la salida del metro se ha encontrado con Manuel, un tipo que estudiaba con ellos en la universidad y que ninguno había vuelto a ver desde entonces. Esta vez a Pedro le ha ocurrido algo imprevisto, tiene una historia que contar. El interés aumenta también para Ana como espectadora, pues este encuentro de Pedro con Manuel supone un cambio en las expectativas que tenía sobre su cita con Pedro.
Supongamos que al excompañero le ha ido razonablemente bien y que no ha cambiado mucho físicamente. Hay poco desequilibrio aquí, está todo dentro de lo que cabría esperar. Lo más probable es que la anécdota y el interés por esta se agoten allí. Pero imaginemos que en lugar de irle razonablemente bien, Manuel ha sufrido una debacle tal en su vida, que la verdad es que Pedro se lo ha encontrado a la salida del metro pidiendo plata, con la cara añosa y la ropa ajada. Esto multiplicará la ansiedad de Pedro por llegar a contar lo sucedido y Ana no se levantará ni al baño para no perderse detalle.
Por último, juguemos con las cualidades de Manuel, este excompañero. En una versión, era un buen tipo, que venía de una familia esforzada. Que ahora pida limosna seguramente producirá en Pedro y Ana un gran interés, pero sentimientos de baja intensidad, piedad, talvez incluso un poco de culpa y algo de pena. La tristeza engancha, pero rara vez apasiona. Es probable que lo recuerden en el futuro, pero en general preferirán olvidarlo.
En una segunda versión, sin embargo, este excompañero era en tiempos universitarios un tipo arrogante, que venía de una familia oligarca y que humillaba a sus compañeros cada vez que podía. Esto suma un nuevo ingrediente, pues convierte a Manuel en antiguo antagonista de Pedro y Ana, con lo que el interés será para ellos mucho más intenso que en los casos anteriores. Si agregáramos que Manuel es el exnovio que dejó a Ana por una chica de mejor posición social… Bueno, ya se entiende por dónde va la mano.
No es necesario que Pedro y Ana tengan una disposición especialmente morbosa, (aunque eso ayuda, claro), pero como espectadores mientras mayor sea el desbalance entre las fuerzas puestas en juego, mayor será nuestra implicación y más intensas las emociones provocadas por la historia. De una cita cotidiana sin otra expectativa que rellenar el día, pasamos, en la versión final, a una historia que, sobre todo para Ana, introducirá en su vida algunos significados nuevos.
Así funcionan los sistemas narrativos, tienen reglas y recursos que permiten capturar la atención del espectador, manipular sus emociones, pero también incomodarlo, empujarlo a reflexionar. En general asociamos a las historias con la entretención, pero las historias no son solo un divertimento. Las historias nos introducen en la realidad de una manera inmersiva y total, provocando nuestro interés, inclinando la gradiente para que nuestras emociones se deslicen con un vértigo que nos haga olvidar la fatalidad y el tedio propios de la existencia y que lleve nuestros pensamientos a un nivel superior. Las historias nos entretienen, pero también nos hacen profundizar nuestra experiencia en la vida.

