No soy uruguayo

No soy uruguayo, ni tengo residencia, lo que sí tengo es un porrón de Llamadas en el cuerpo, unas tantas y pico de procesiones de comparsas candomberas, vistas, escuchadas, transitadas. No es poco. Cualquiera que lea cosas como “una noche de febrero”, o “el camión que se va”, pensará que son frases sin suerte, callejones de paso en un texto de otra importancia, pero a oídos uruguayos se trata de versos infaltables, sonidos que remiten a canciones, poemas, anécdotas de bar y viajes en el tiempo. Febrero en Montevideo bulle, es una devanadora de eventos, de momentos de guardar y desenrollar más tarde como un cordón que te sujeta a tu pasado. No quiero sobregirarme con lirismo de saldo, pero el Carnaval de Montevideo, y más aún el desfile de Llamadas, me producen una emoción así, algo medio cursi y facilongo, en parte porque todo el carnaval de Montevideo es mitad actualidad y otra parte evocación de esas antiguas noches de febrero, de las que se fueron, de los personajes que las animaron y que llegaron a ser grandes, o quizás no tanto, pero que igualmente “el recuerdo disfrazó de santos y su historia los volvió ilusión”, como dice el Canario Luna, o Jaime Roos, no me meto en entreveros.

No sé cómo es en otros lados, soy un existencialista y las fiestas populares nunca fueron lo mío, pero se supone que la palabra carnaval alude a festejo y joda, pero en Montevideo la nostalgia es fuente principal de inspiración. En los tablados el futuro, cuando se lo invoca, es objeto de sorna y un escepticismo que se extiende al Desfile de Llamadas, donde las innovaciones desentonan como bordaduras descosidas que no cuajan en la trama. Creo que tiene que ver con el escenario en el que se despliega el carnaval, Montevideo siempre se evoca a sí misma, todo te obliga a ver la ciudad que no está. De hecho, mis mejores fotos de ella incluyen objetos que ya no existen, o existen pero han cambiado sus significaciones.

 

Hubo un tiempo en que yo crecía visitando una Montevideo que se hacía vieja, que cerraba puertas, suspendía construcciones y transformaba los teatros en tiendas y los cines en templos mormones

Montevideo no era mi ciudad, pero de muchas maneras ha llegado a serlo. Porque tengo allí un familión y una barra de amigos, pero sobre todo porque puedo vagar por la ciudad durante horas sin perder el rumbo y llegar a casa y hacer vereda y charlar con los vecinos que me saludan como a un paisano. Estoy acostumbrado a extrañar sus calles más de lo que he podido vivirlas. Mi barrio, el Barrio Sur, que es el barrio de mi mujer, como lo ha sido el de mi suegra desde siempre, y toda la zona del Centro, Ciudad Vieja, de Palermo a Ciudadela, del Gasómetro a la Aguada, para mí está todo lleno de ausencias, del recuerdo de boliches que cerraron, de hábitos abandonados, de amigos que se marcharon y de anécdotas inconclusas, como aquella vez que me encontré al Gallego, personaje de la calle Andes “de los de toda la vida”, y yo voy y le digo chau, maestro, en la tarde paso por unos mates, y luego lo olvido y es para siempre, porque esa tarde el Gallego se fue de un infarto mientras hacía un mandado en el super.

©raNorero 

 

Digo que en Montevideo hay una nostalgia obligada, porque a diferencia del resto del mundo, las cosas parecen volver más de lo que se van. Hubo un tiempo en que yo crecía visitando una Montevideo que se hacía vieja, que cerraba puertas, suspendía construcciones y transformaba los teatros en tiendas y los cines en templos mormones. Ahora yo voy pasando la curva, envejezco, y por el contrario la ciudad se renueva, se ve más coqueta, desamodorrada, edificios nuevos jalonan las veredas decrépitas, la Rambla se engalana, la ciudad luce mejor, aunque no crece, como tampoco crece el Uruguay. Las vacas aumentan, claro, pero la gente es la misma. La misma cantidad, se entiende. Hay otras cosas que cambian sólo para permanecer. De hecho lo de “Llamadas” hace referencia a las cuerdas de tambores que salían desde los conventillos donde se congregaban los negros, pero los conventillos ya no están. Las calles sí están, pero los nombres han cambiado. Cuareim no es Cuareim, y gran parte de Isla de Flores se llama Carlos Gardel.

Pero a pesar de esa cierta melancolía, el de Montevideo es un carnaval en regla, la alegría está por todas partes. En los tablados, a su manera criticona y partisana, aunque en el Desfile de Llamadas el delirio es total. Los personajes se despliegan desde la previa, al grito de los choriceros de medio tanque, el entusiasmo se esparce entre presencias microscópicas, vecinos que salen a chusmear, los tamboriles que calientan las lonjas, mientras las bailarinas se ajustan las plumas y el corsé de lentejuelas. Por las calles se pasea un público que aunque no estará en la gradería viene a contagiarse del ambiente. No verán las banderas ni los personajes, el gramillero, la mama vieja, la vedette y las bailarinas. La calle es estrecha, los edificios bajos, un río de color se desplaza con aplomo y cubre la calle pintada de blanco, la multitud agita el pasar de las comparsas con un clamor continuo de vivas y de voces entreveradas, mientras los tambores llenan el aire y te retumban en el pecho. Barrio Sur y Palermo despabilan del sueño pueblerino del que vienen y al que al cabo de febrero volverán, cuando la alegría quede pringada como el polvo en los balcones y zaguanes, en los depósitos donde descansarán trajes, banderas y tambores a la espera del siguiente toque, como los viejos que ahora mismo se despiden en Ejido hasta el otro año, porque esperan, imagino yo, que el tronar de las lonjas los siga llamando en el siguiente carnaval. No soy uruguayo, soy chileno. Soy extranjero y siempre lo seré, pero escuchar el repique de la clave me toca la fibra, como si tuviera al barrio con sus viejos y sus buches de soledad y de recuerdos, implantados en mi corazón y en mi memoria, pura felicidad y melancolía aprendidas y que habito cada año como un allegado en el hogar de los otros. Misotros. 

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